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La violencia toma lugar

Tierra, mercados y poder en el México rural

Una serie editorial del Programa Noria para México y América Central

Una serie abierta de publicaciones y eventos. Se producirán y difundirán nuevas contribuciones a lo largo del tiempo, además de la organización de eventos e iniciativas públicas que juntarán mujeres y hombres investigadores, periodistas y fotográfo-as.

La serie está coordinada por Jayson Maurice Porter, y co-editada por Alexander Aviña.

El objetivo

A lo largo del tiempo, constituir un corpus de conocimiento de referencia acerca de la violencia en el México rural.

Una fuente abierta de información y análisis; un espacio clave para el diálogo; una plataforma para la colaboración internacional.

3 ideas claves

-1- Las historias de tráfico de drogas y las narco-narrativas no pueden ser las únicas explicaciones a la violencia en el México rural: necesitamos re-politizar el debate público.

-2- La población rural no es toda campesina; y la ruralidad no es una categoría homogénea de análisis. Necesitamos pensar en términos de geografías, diferencias étnicas, cuestiones de género, clases sociales e ideologías, entre muchos otros ejes de comprensión.

-3- Las múltiples dinámicas de violencia se tienen que estudiar desde lo local, a la luz de las interacciones entre las poblaciones rurales (incluyendo las comunidades indígenas), el estado y las fuerzas del mercado.

El Proyecto

Esta serie sobre el México rural busca poner en relieve historias del pasado y del presente, y así entender mejor cómo la violencia toma lugar en estos espacios. Esta historias quedan generalmente en la sombra de grandes narrativas, menospreciadas e incluso ignoradas. En esta perspectiva, la historia local y la ecología son indispensables para estudiar la violencia ejercida en contra, y entre los pobres en el ámbito rural.

Lejos de las narco-narrativas reductoras que han invadido el panorama nacional e internacional, buscaremos situar y localizar la violencia, tanto geográficamente como socialmente. Por eso nuestros análisis se basarán en perspectivas empíricas locales, arraigadas en el México rural.

Nuestro trabajo analizará, desde lo local, las relaciones entre el tráfico de drogas, la violencia y la vida rural en México. Como lo mostraremos a lo largo de las contribuciones, la distinción entre cultivos lícitos e ilícitos es porosa, del mismo modo que la identificación entre violencia y tráfico de drogas no siempre resulta tan evidente. Durante buena parte del siglo XX, en geografías rurales de Michoacán, Nayarit, Guerrero y Sinaloa los conflictos que caracterizaban la vida diaria de ranchos y pueblos frecuentemente terminaban en desenlaces trágicos. Estos conflictos podían estar relacionados con economías ilegales, pero también eran disputas agrarias, faccionales o vendettas que buscaban reparar “ofensas de honor”.

La violencia podía estar ligada al narcotráfico, pero no era la única manera de explicarla o atribuirle sentido. Siguiendo este argumento, hemos desarrollado una serie de trabajos que buscan contribuir al debate sobre violencia, ruralidad y narcotráfico. Es sabido que, desde algunos años, México enfrenta una terrible crisis de seguridad; sin embargo, aún no sabemos mucho acerca de la distribución de las violencias y de sus manifestaciones a nivel local.

Para cambiar el panorama, recurrimos al trabajo etnográfico e histórico para mostrar que, en geografías rurales de distintas partes de México, la ruptura entre un país supuestamente “gobernable” y otro azotado por la violencia criminal no necesariamente tiene sentido.

La historia y a la etnografía son herramientas clave para enriquecer una discusión que, en el presente, parece estar dominada por análisis que suponen que la violencia tiene causas fácilmente identificables. Somos escépticos de los análisis que afirman que lo violento puede comprenderse a través de señalar los rendimientos –típicamente, el control de la plaza o el dominio de la ruta de tráfico de drogas— que las personas obtienen al recurrir a medios coercitivos. Esta clase de enfoques pierden de vista que lo violento forma parte de procesos sociales con una duración en el tiempo; además de olvidan que las intenciones que motivan los actos violentos no necesariamente determinan sus resultados ni, mucho menos, las formas en que éstos son interpretados. Igualmente, aun si concediéramos que la violencia es producto de las acciones de individuos racionales que persiguen intereses específicos, habría que decir que ésos intereses están configurados por horizontes históricos y culturales que es necesario explicitar.

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