El texto y el foto ensayo presentados a continuación son parte de un esfuerzo de Noria para analizar el proceso de paz de Colombia en el contexto de las elecciones presidenciales de Mayo 2022.

En junio de 2021, hemos publicado un texto del Profesor Jacobo Grajales que analiza la relación entre violencia, tierra y capitalismo en Colombia.

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En esta publicación, presentamos el trabajo de nuestro Investigador y Fotógrafo Tomás Ayuso. Tomás es escritor y fotoperiodista documental, originario de Honduras. Su trabajo se enfoca en los conflictos latinomericanos, y sus relaciones con la Guerra contra las drogas, el desplazamiento forzado y el despojo urbano.

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Foto Ensayo de Tomás Ayuso

En 2016, me mudé a Colombia, justo cuando el conflicto de 50 años estaba llegando a un fin pacífico y negociado. O por lo menos eso era lo que se esperaba en esos emocionantes días previos a los acuerdos entre el Estado colombiano, los representantes de la sociedad civil y los altos mandos de las FARC.

En los cinco años que han transcurrido desde entonces, muchos de los nobles ideales que sirvieron de base para el pacto de paz se han dejado de lado. Más de mil activistas asesinados desde 2016, la multiplicación de los actores armados y el espectro amenazador de un segundo Plan Colombia han llevado a una inestabilidad política generalizada —desde el pueblo más remoto hasta los peldaños más altos de la sociedad colombiana— que esparce inquietud en un país que pretendía corregir los errores históricos.

Las razones de que la euforia y el optimismo cauto de 2016 se hayan tornado en una resignación gris de que la paz está condenada al fracaso varían de sector en sector. Algunos dicen que el fracaso era evidente desde el principio, otros culpan a la oposición persistente de ser halcones que nunca dieron oportunidad de materializar los preceptos de los acuerdos. Sea cual sea la razón, son pocos los que, viendo lo que sucede ahora en Colombia, a un lustro del fin oficial del conflicto, creen que realmente concluyó en ese entonces.

Lo que sigue son historias y reflexiones de mis tres años en Colombia (2016-2018). Decidí documentar el final del conflicto y lo que sucedió inmediatamente después.

Al ver estas fotos en 2021 y releer mis notas de ese tiempo, me impresiona ver lo precisas que fueron las predicciones que oí en conversaciones tanto con promotores como con críticos de la paz, con víctimas y victimarios. No eran aves de mal agüero mientras la paz se desarrollaba a su alrededor, como pensaba en esa época, sino que sabían muy bien lo que les tenía preparado el futuro de su comunidad.

Por lo tanto, estas fotografías son destellos de ese breve periodo de transición del postconflicto. El país, que ahora parece perdido en el tiempo, se enfrenta a las consecuencias de la promesa de paz incumplida, ya sea por diseño o por negligencia. Fue una época en que la esperanza se fusionó con los reclamos, en que la justicia chocó con la impunidad y en que la salida a los 50 años de conflicto seguía sin definirse. Mientras siga habiendo esperanza de que los nobles valores de los acuerdos se puedan rescatar, lo que existe hoy sigue siendo una muy cercana aproximación a la falta de dignidad humana generada por el conflicto de baja intensidad previa a 2016. Las causas persisten, los actores se adaptan y las víctimas resisten.

Un policía entre las ruinas de lo que era el mercado de droga al aire libre más grande de Bogotá, conocido como “El Bronx”. Fue en ese predio de varias cuadras que exparamilitares e incluso algunos guerrilleros se convirtieron en una banda criminal con respaldo de las mayores organizaciones de tráfico de drogas del país. De ese enclave sin ley, surgieron pruebas de que habían traficado con personas que habían huido del conflicto hacia Bogotá y de la colusión con elementos de las fuerzas de seguridad del Estado. Desde entonces, los grupos que controlaban el Bronx han formado guaridas similares en otras partes de la capital. © Tomas Ayuso
En las negociaciones de paz en La Habana entre el gobierno colombiano y los altos mandos de las FARC, algunas de las condiciones para los diálogos eran que las FARC concentraran sus fuerzas en zonas delimitadas del país donde el grupo tenía una presencia significativa. Los miembros de la guerrilla usarían el tiempo de tregua para diversas actividades, como construir casas para la gente que vivía cerca de los frentes insurgentes, mientras esperaban noticias desde Cuba. © Tomas Ayuso
Muchos aprovecharon el tiempo para su educación básica, pues el reclutamiento —forzoso o voluntario— a las FARC no les había permitido tener una. Esta guerrillera embarazada, algo que sólo fue posible debido al cese al fuego declarado unilateralmente por los altos mandos de las FARC, lee un periódico que critica los diálogos de paz que se estaban llevando a cabo a mediados de 2016. © Tomas Ayuso
Dos jóvenes guerrilleros juegan ajedrez en un puesto de avanzada que se convirtió en su hogar durante los diálogos de paz de La Habana en los últimos meses de las negociaciones, a mediados de 2016. © Tomas Ayuso
Aunque estaban en un claro cese al fuego, los comandantes de cada frente dispusieron patrullas en las zonas donde se habían guarecido las guerrillas, pues seguía habiendo mucha tensión en los lugares donde el conflicto había sido más violento. Al fondo, un cartel en honor a un excomandante de las FARC, Alfonso Cano, que dice “¡Alfonso Cano Vive!” y una bandera usada por las FARC: con el mapa de Colombia, dos AK-47, un libro abierto y el nombre del grupo insurgente. A Cano lo mató el ejército colombiano en 2011, lo que precipitó en gran parte el inicio de la transición del grupo hacia la paz en 2012. © Tomas Ayuso
Un oficial del frente habla a los guerrilleros de las FARC tras las noticias de un posible rompimiento del cese al fuego en agosto de 2016. Aunque fue un suceso menor, en esa época, hombres y mujeres de la insurgencia expresaron sus críticas y desconfianza al gobierno y, sobre todo, al ejército. Los años siguientes, algunos soldados de las FARC, críticos de los acuerdos de paz, se separaron y formaron lo que se conoce como disidencias de las FARC, que a la fecha siguen con la insurgencia, pero a una escala reducida. © Tomas Ayuso
Una guerrillera muestra un tatuaje y una cicatriz en cada hombro. Al recordar un enfrentamiento, Stefany cuenta que su pareja y ella estaban patrullando cuando una emboscada militar lo mató a él, y a ella la dejó gravemente herida. Stefany se recuperó y se tatuó un corazón en el otro hombro en honor a su camarada y novio muerto. © Tomas Ayuso
Un joven soldado baja la cabeza en oración durante su traslado al frente abierto contra el ELN (Ejército de Liberación Nacional), en ese entonces, la segunda guerrilla más grande de Colombia, en 2016, en medio de las deterioradas condiciones de los acuerdos de paz con las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) que seguían en proceso de ser firmados y que mantuvieron al país en suspenso. © Tomas Ayuso
Una formación de Black Hawks UH-60 avanza hacia posiciones recientemente tomadas por el ELN (Ejército de Liberación Nacional) en el departamento de Antioquia cuando las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) se replegaron a bastiones rurales como parte de las condiciones de un cese al fuego bastante endeble a mediados de julio de 2016, antes de los acuerdos de paz. © Tomas Ayuso
Cuando las FARC se replegaron hacia las zonas desmilitarizadas de facto, todos los demás grupos armados se disputaron los vastos territorios que habían servido de escenario para sus operaciones y se movilizaron para llenar el vacío que dejaron las guerrillas. Esto sucedió sobre todo en zonas ricas en coca y minerales, y en regiones de valor estratégico y económico, como las rutas de tráfico. © Tomas Ayuso
En los lugares que antes estaban bajo control o rodeados por completo por las FARC, la presencia del ejército y la policía aumentó cuando las guerrillas se retiraron hacia las montañas. Eran escenas que muchos habitantes no habían visto antes, pues sólo conocían el dominio de las FARC. © Tomas Ayuso
La producción de cocaína se disparó durante y después de los acuerdos de paz. Muchos otros jugadores entraron al comercio, y los campesinos, a quienes les habían prometido sustituir sus cultivos, se desencantaron cuando el gobierno no cumplió sus propuestas. Decidieron cultivar más hoja de coca en la época de extrema volatilidad tras los acuerdos de paz de 2016. © Tomas Ayuso
Desplazados del devastado pueblo de Kilómetro 15 regresan para recoger a los miembros de una familia que se habían quedado ahí y llevarlos a una escuela rural convertida en albergue en Playa Rica, Antioquia, en mayo de 2018. Durante los años previos, la región de Ituango había sido un campo de batalla entre las FARC, los paramilitares y otros grupos armados, con muchas muertes y desplazamientos. © Tomas Ayuso
Una vez firmados los acuerdos de paz, la gente que llevaba mucho tiempo desplazada regresó a sus hogares abandonados, con temor de lo que podrían encontrar ahí. En las tierras del río Tamana, donde las FARC cultivaron coca durante mucho tiempo y practicaron una agresiva minería ilícita, los agricultores dejaron atrás sus tierras. En 2017, un agricultor afrocolombiano empezó el proceso de recuperar su tierra, que la naturaleza había retomado durante su ausencia. © Tomas Ayuso
En Putumayo, donde la presencia guerrillera había ahuyentado la inversión estatal, la infraestructura que había entre pueblos había sido construida en su mayoría por locales para satisfacer sus necesidades específicas. La esperanza de muchas personas durante los meses tras los acuerdos de paz era que el Estado desarrollaría las regiones empobrecidas. Sin embargo, la realidad ha ido menguando la creencia en las promesas que se hicieron durante los embriagantes días de las negociaciones de paz, y los territorios que dejaron las FARC quedaron a merced de todos los grupos armados que brotaron tras la muerte de la guerrilla. © Tomas Ayuso
Incluso con los ríos que conectan varios asentamientos dentro y alrededor de las vías navegables, como el río Atrato, los desplazados que intentan regresar a sus pueblos se percatan con tristeza de que, con el paso de los años, simplemente olvidaron cómo regresar a casa. © Tomas Ayuso
En el departamento de Choco, escenario de muchas de las últimas atrocidades del conflicto, la esperanza de paz y prosperidad era palpable. Muchas generaciones del departamento mayoritariamente afrocolombiano sólo han conocido los distintos aspectos de la violencia interna del país. © Tomas Ayuso
En lugares como Buenaventura, los grupos paramilitares desmovilizados se reconfiguraron como bandas criminales y ofrecieron un resultado posible ante la desmovilización de las FARC. La gente de esa ciudad del Pacífico, mucho tiempo víctima del conflicto y, luego, de la violencia criminal, mantuvo un optimismo cauto mientras sus experiencias de vida demostraban lo contrario a lo que prometían ambos lados del diálogo. © Tomas Ayuso
Los emberá, un importante grupo indígena de las regiones noroccidentales del país, son uno de los pueblos más afectados por el conflicto. Parte de los diálogos pretendía rectificar su desplazamiento y atacar las injusticias cometidas contra la comunidad durante los 50 años de violencia. La realidad otra vez demostraría lo contrario, pues las comunidades emberá siguieron siendo desplazadas de sus tierras ancestrales hacia albergues de mala calidad en barrios peligrosos de Bogotá, donde esta mujer emberá cuelga la ropa de su familia. © Tomas Ayuso
En muchos de los lugares más violentos del largo conflicto, como río abajo del Atrato, donde las fuerzas paramilitares y las FARC entraron en combate, los pueblos quedaron completamente abandonados. Esta mujer regresó a su hogar, deteriorado entre la jungla, y lo encontró abandonado y pudriéndose, sin parientes ni vecinos alrededor. Los asentamientos fantasma desmienten la baja intensidad de la violencia que llegó a remplazar los 50 años de conflicto. © Tomas Ayuso
Las elecciones de 2018 enfrentaron al niño prodigio conservador Iván Duque, claro sucesor de Álvaro Uribe, y al exguerrillero del M19, Gustavo Petro. Las elecciones se vieron como un referéndum no oficial de los acuerdos de paz. Finalmente, la contienda electoral favoreció a Duque. En los años siguientes, la violencia política contra los líderes comunitarios aumentó exponencialmente y muchas de las promesas de los acuerdos de paz quedaron olvidadas. En 2021, una serie de protestas nacionales contra el gobierno de Duque explotó durante un mes tras las críticas a su gobierno por haber incumplido en asuntos relacionados con el periodo postconflicto y otros temas importantes para el colombiano rural y urbano promedio. © Tomas Ayuso
Algunos de los más afectados durante el postconflicto actual son los colombianos del campo, que han visto aumentar el costo de vida. Mientras tanto, en las regiones con movimientos políticos activos que ejercen presión contra el impulso público-privado de privatizar u otorgar concesiones a corporaciones transnacionales extractivistas en tierras que antes fueron de las FARC, han asesinado a 1,160 líderes comunitarios desde 2016. © Tomas Ayuso
En 2017, las FARC fueron a muchos campamentos de desmovilización para entregar sus armas e iniciar el proceso de reintegración a la sociedad. Durante los meses que duró el proceso, se establecieron muchos espacios para la expresión artística, como demuestra esta obra de teatro, en donde excombatientes actúan una fábula de folclor local sobre la reconciliación, así como salones para ayudar a los analfabetas que pronto serían excombatientes. Algunos de esos campamentos se han convertido en pueblos formados por veteranos de las FARC, pues se sienten seguros entre gente que vivió experiencias similares, mientras que otros quedaron abandonados debido a las críticas y a los intentos de violencia de grupos armados que querían venganza. © Tomas Ayuso
Los 50 años de violencia por todo el país se llevaron la vida de campesinos atrapados entre el ejército y la insurgencia. Las cicatrices del conflicto siguen muy vivas y se ha hecho poco para subsanar los incontables reclamos justificados de las víctimas. A pesar de todo lo que prometían los acuerdos de paz, ha habido muy pocos cambios materiales en las vidas de esas comunidades. © Tomas Ayuso
Una mujer emberá carga a su hijo fuera de un albergue en el centro de Bogotá, a las afueras del extinto enclave criminal de El Bronx. Su historia es la de las víctimas, ya sea de la guerrilla o del Estado: abandonados a su suerte, rodeados de gente armada que sigue aterrorizándolos, con algunos grupos humanitarios sobrecargados que intentan mantener a raya la violencia frente a las amenazas. Con la pandemia de Covid-19 en curso, una recesión económica, inestabilidad política y muchas otras crisis entrelazadas, el miedo a perder cualquier ganancia que hayan traído los acuerdos de paz es más visible que nunca. © Tomas Ayuso

Las fotos presentadas en este texto pertenecen a Tomas Ayuso.

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